La unión del hormigón, que aporta su capacidad de resistir compresiones, con el acero, con su capacidad de resistir tracciones y esfuerzos de corte, convierten a este material en el más utilizado en edificación y obra civil.
“Una estructura debe ser proyectada y construida para que, con una seguridad aceptable, sea capaz de soportar todas las acciones que la puedan solicitar durante la construcción y el periodo de vida útil previsto en el proyecto así como la agresividad del ambiente”
La vida útil es el periodo de tiempo durante el cual ha de mantener sus unas condiciones de seguridad, funcionalidad y aspecto aceptables, periodo durante el que requerirá una conservación normal adecuada pero no operaciones de rehabilitación. Éstas sólo serán necesarias cuando se presenten patologías y se desee alargar su durabilidad más allá de su vida útil.
Sin embargo, existen ocasiones en que esta rehabilitación es necesaria, como cuando se presentan patologías y se desea prolongar su vida útil. Uno de los factores que pueden atacar al hormigón es la creciente contaminación del medio ambiente, la cual produce gases que pueden modificar la acidez del hormigón y anular la capa pasivante de las armaduras. También, la estructura porosa del hormigón permite la penetración de aguas y gases que introduzcan cloruros o sulfatos, compuestos que tienden a destruir la estructura interna del hormigón. Todo ello se manifiesta en fenómenos de fisuración y disgregación.
La complejidad que entraña la identificación de las causas que originan estos fenómenos, junto con la alta responsabilidad que conlleva, hacen que el reconocimiento, la diagnosis y el posterior proyecto de reparación deban ser efectuados por un técnico facultativo con los conocimientos y especialización necesarios. Igualmente, las intervenciones de reparación y protección deben llevarla a cabo empresas especializadas, con personal técnico y mano de obra debidamente formados.
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